a Victor Herbert y a Gustav Kerker en puestos de honor; pero ahora los Irving Berlin se han impuesta en lugares tallados y establecidos por gentiles que tenían consideración por el arte.
No hay grandes dramaturgos judíos. Charles Klein escribió «The Lion and the Mouse», pero nunca volvió a repetirlo. Hay, por supuesto, mucha obra mediocre creada para la escena; un escenario comercializado necesita una cierta cantidad de «producto». Entre quienes se dedican a tal labor se encuentran Jack Lait, Montague Glass, Samuel Shipman, Jules Eckert Goodman, Aaron Hoffman y otros.
La pretensión judía de un genio excepcional no se ve respaldada por el teatro, aunque la voluntad judía de poder se ilustra ampliamente en él.
El nombre de Belasco viene a la memoria, tal vez, más frecuentemente que cualquier otro; y Belasco es el actor más consumado fuera de cualquier escenario. Comprender al señor Belasco es comprender el método por el cual los «Independientes» lucharon contra el Fideicomiso del Teatro Judío y, aun así, conservaron el monopolio del Teatro para los judíos.
El viejo Trust marchaba alegremente sobre ruedas, arrasando con todo a su paso, relegando a la oscuridad a «estrellas» consagradas, bloqueando el camino a dramaturgos promisorios, sacando del negocio a todos los actores que no quisieran prostituir el arte en favor del mercantilismo, y ocurrió lo que siempre ocurre —pues ni los judíos están por encima de las leyes naturales—: se desarrolló un grave caso de «cabeza grande».
Klaw, Erlanger y sus allegados se sentían reyes y empezaron a mostrar algunas idiosincrasias supuestamente reales.
Hubo algunas protestas, por supuesto, contra la arrogancia de los Zares del Teatro. Los Vanderbilt y otros millonarios de Nueva York materializaron