los miembros de las razas judía y no judía en el distrito financiero que administra los recursos financieros de la
¿Por qué? La respuesta a la pregunta está bajo la custodia de las mentes financieras más sólidas y firmes de Wall Street.
Solo aquí y allá se descubrirá a algún director judío en los consejos de administración de algunas de las instituciones bancarias menores.
La situación puede deberse meramente a un astuto análisis de la opinión pública. Con razón o sin ella, el público prefiere no confiar su dinero a una institución bajo control judío. Es verdad que en ciertos sectores residenciales del norte de Nueva York hay unos cuantos bancos de carácter local que están completamente bajo administración judía. Pero incluso los judíos prefieren depositar su dinero en bancos que están libres de control judío.
La situación puede ser también el efecto de la desafortunada experiencia que el público ha tenido con la gestión judía de los bancos en el pasado. Varias grandes quiebras han servido para grabar en la mente del público cierta peculiaridad que acompañaba al elemento judío en dichas quiebras. El público no ha olvidado, entre otras, la quiebra de Joseph G. Robin, cuyo verdadero nombre era Robonovitch. Era un judío de Odesa. En un espacio de tiempo increíblemente corto levantó cuatro grandes instituciones bancarias en las que se depositaba dinero público. Las arruinó todas. Su quiebra fue de lo más sensacional y causó un sufrimiento incalculable. La carrera de Robonovitch ilustró muy vívidamente el alcance de los dotes y las energías del judío de Rusia, su maravillosa facultad para levantar grandes empresas mediante la chicanería, y su cobardía y duplicidad en la hora de