y aun así sólo por un breve periodo; la corriente de efectos luminosos eléctricos de colores, de mujeres y oropel se cierra tras ellos y son arrastrados, para sobrevivir en libros impresos entre aquellos que aún saben lo que el Teatro debería ser.
Una tercera consecuencia de la dominación judía del escenario estadounidense ha sido la aparición del sistema de «la estrella de Nueva York», con sus artilugios publicitarios. Los últimos años del teatro se han visto caracterizados por numerosas «estrellas» que en realidad nunca ascendieron y por supuesto nunca brillaron, sino que fueron izadas en lo alto de los muros publicitarios de los sindicatos teatrales judíos con el fin de dar al público la impresión de que estas débiles luces de linterna se encontraban en el supremo cielo del logro dramático.
El truco es un truco de grandes almacenes. Es pura estrategia publicitaria. Las «estrellas» de ayer, que ni siquiera sobrevivieron al día de ayer, eran o bien las favoritas personales de los directores, o bien mercancías retiradas del estante y amontonadas en el escaparate con el fin de dar la apariencia de existencias nuevas.
En resumen, mientras que en tiempos normales el público encumbraba a la «estrella» con sus aclamaciones, hoy en día los directores judíos determinan mediante sus anuncios quién ha de ser la estrella.
El «sello de Nueva York», que a menudo no significa absolutamente nada, es el único signo imperial de favor, según la jerarquía teatral judía. Es precisamente contra este «sello de Nueva York» contra lo que protesta el resto del país; y el movimiento del «pequeño teatro» en todo el Oeste y el Medio Oeste es una protesta significativa.
Una Mary Anderson