no debía esperarse un pronunciamiento judicial por parte del Sr. Taft, sino un alegato partidista. Los periódicos indican que el Sr. Taft ni siquiera había dictado su discurso hasta que llegó a Chicago. El material que tuvo a mano durante su dictado fue la propaganda impresa con la que los judíos han estado inundando el país. El discurso de Taft apesta a ella. No hay en él una sola idea original. Fue el megáfono humano al que los judíos contrataron por una noche para expresar sus palabras a través de él. El verdadero propósito del discurso era, por supuesto, asegurar su publicación en todo el país como la voz del pueblo sobre la Cuestión. Pero nada justifica en absoluto el hecho de que el discurso no contenga absolutamente ninguna contribución a la Cuestión.
El señor Taft está en contra de los prejuicios religiosos. También lo está todo el mundo.
El señor Taft está en contra de los prejuicios raciales. También lo está todo el mundo.
El señor Taft quiere concordia y buena voluntad. También lo quiere todo el mundo.
Pero ¿qué tienen que ver estas cosas con los hechos que componen la Cuestión Judía?
La verdadera historia del señor Taft y los judíos comienza allá por la época en que el señor Taft vivía en la Casa Blanca. Los judíos mantienen un lobby en Washington cuyo oficio es conocer a cada Presidente y a cada futuro Presidente, y, por supuesto, el señor Taft era conocido por ellos mucho antes de que fuera hecho Presi¬ dente, pero si no previeron su futuro político o si consideraron que sus opiniones tenían muy poca fuerza como para que se molestaran en