punto de vista gracias a una estrecha afinidad personal.
Número del 1 de enero de 1921.
El auge del primer fideicomiso teatral judío
HA sido bien sabido entre los críticos dramáticos que la razón del mantenimiento de «Ben Hur» en el teatro durante diecinueve años es la siguiente: es el más exitoso de todos los vehículos a favor del semitismo que hay actualmente en los escenarios. Eso parecerá ser una afirmación prejuiciosa en la mente de los miles de espectadores que han visto y disfrutado de «Ben Hur», pero hay verdad en ello. El punto que no debe pasarse por alto, sin embargo, es que si «Ben Hur» es útil para moldear favorablemente la mente del público hacia los judíos, no se debe a una intención prosemita en la historia. Esa puede ser la intención de los productores, los señores Klaw y Erlanger, pero no fue la intención del general Lew Wallace.
Parecería que el arte y el destino conspiran en contra de la obra propagandística, pues de ningún otro modo puede explicarse el fracaso del teatro abiertamente prosemita.
Quizás nunca antes se había hecho un intento tan serio y hasta denodado por forzar al teatro controlado por judíos a ponerse al servicio del prosemitismo como el realizado en los últimos meses. Y los intentos, con una posible excepción, han sido un fracaso.
Producidas con suntuosidad, anunciadas por una claca ininterrumpida de comunicados de prensa, envueltas en un coro inicial de alabanzas, patrocinadas por la oficialidad que había sido arrastrada para hacer de padrino de las producciones, sin embargo, han fracasado.
Hágase justicia al judío estadounidense reconociendo que él ha sido una de las causas del fracaso. Una señal