Hasta la buena de Matkah, su madre, le dijo: «Nunca podrás detener la matanza. Ve a jugar al mar, Kotick». Y Kotick se marchó a bailar la Danza del Fuego con un corazoncito muy apesadumbrado.
Aquel otoño dejó la playa tan pronto como pudo, y partió solo debido a una ocurrencia que tenía metida en la dura cabeza. Iba a buscar a la Vaca Marina, si es que existía tal persona en el mar, e iba a encontrar una isla tranquila con playas firmes y buenas para que vivieran las focas, donde los hombres no pudieran alcanzarlas.
Así que exploró y exploró por su cuenta desde el norte hasta el sur del Pacífico, nadando hasta tres millas en un día y una noche. Vivió más aventuras de las que se pueden contar, y por poco logra atraparlo el tiburón peregrino, el tiburón pintado y el tiburón martillo, y se encontró con todos los granujas poco de fiar que merodean arriba y abajo por alta mar, y con los peces pesados y educados, y con las vieiras de manchas escarlata que están amarradas en un mismo lugar durante cientos de años y se sienten muy orgullosas de ello; pero nunca encontró a la Vaca Marina, ni halló jamás una isla que le apeteciera.
Si la playa era buena y firme, con una pendiente detrás para que jugaran las focas, siempre se veía el humo de un ballenero en el horizonte, hirviendo grasa, y Kotick sabía lo que eso significaba.
O bien podía ver que las focas habían visitado la isla alguna vez y habían sido exterminadas, y Kotick sabía que por donde los hombres habían venido una vez, volverían a venir.
Se juntó con un viejo albatros de rabo corto, que le dijo que la isla Kerguelen era el lugar perfecto para encontrar paz y tranquilidad, y cuando Kotick bajó allí, estuvo a punto de hacerse añicos contra unos malvados acantilados negros en medio de una fuerte tormenta de aguanieve con relámpagos y truenos.