—¡Umph! —dijo, pues se había topado con más de una barricada de ese tipo en sus rondas nocturnas en busca de algo de comer—. Con que los hombres también le temen aquí al Pueblo de la Selva.
Se sentó junto a la puerta, y cuando un hombre salió, se puso de pie, abrió la boca y señaló hacia su interior para mostrar que quería comida. El hombre se quedó mirándolo, volvió corriendo por la única calle del pueblo y gritó pidiendo al sacerdote, que era un hombre grande y gordo, vestido de blanco, con una marca roja y amarilla en la frente.
El sacerdote se acercó a la puerta y con él al menos un centenar de personas, que miraban, hablaban, gritaban y señalaban a Mowgli.
—No tienen modales, esta Gente de los Hombres —se dijo Mowgli a sí mismo—. Solo el simio gris se comportaría como ellos. Así que se echó hacia atrás el largo pelo y frunció