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nydus/The Jungle BookPublic
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Toomai de los Elefantes

estrépito tras ellos, Kala Nag, a la voz de comando, entraba en aquel pandemonio llameante y trompeteante (por lo general de antemano por la noche, cuando el parpadeo de las antorchas dificultaba el cálculo de las distancias), y, eligiendo al más grande y salvaje de los machos colmilludos del grupo, lo golpeaba y acosaba hasta calmarlo mientras los hombres sobre las espaldas de los otros elefantes enlazaban y atan a los más pequeños.

No había nada en materia de lucha que Kala Nag, la vieja y sabia Serpiente Negra, no supiera, pues se había enfrentado más de una vez en su época a la embestida del tigre herido y, enrollando su suave trompa para ponerla a salvo, había derribado a la fiera que saltaba en pleno aire con un rápido tajo en forma de hoz dado con la cabeza, que él mismo se había inventado; la había derribado y se había arrodillado sobre ella con sus enormes rodillas hasta que la vida se le escapaba con un suspiro y un aullido, y solo quedaba en el suelo una cosa peluda y a rayas para que Kala Nag la arrastrara de la cola.

—Sí —dijo el Gran Toomai, su mahout, hijo del Negro Toomai que lo había llevado a Abisinia, y nieto de Toomai de los Elefantes, que lo había visto capturar—, no hay nada a quien la Serpiente Negra tema excepto a mí. Ha visto a tres generaciones de nosotros alimentarlo y acicalarlo, y vivirá para ver cuatro.

—Él también me teme a mí —dijo Pequeño Toomai, irguiéndose hasta alcanzar su metro y veinte de estatura, con una sola prenda hecha girones sobre el cuerpo. Tenía diez años, era el hijo mayor de Gran Toomai y, según la costumbre, ocuparía el lugar de su padre sobre el cuello de Kala Nag cuando creyera, y manejaría el pesado ankus de hierro, la picana para elefantes que había sido pulida por el uso de su padre, su abuelo y su bisabuelo. Sabía de lo que hablaba; pues había nacido bajo la sombra de Kala Nag, había jugado con la punta de su trompa antes de saber caminar, lo había llevado a abrevar tan pronto como pudo andar, y Kala

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