los conductores de las llanuras que tuvieran mucho cuidado esa noche, y riendo cuando los conductores de las llanuras preguntaron el motivo.
El pequeño Toomai atendió la cena de Kala Nag y, al caer la noche, deambuló por el campamento, indescriptiblemente feliz, en busca de un tamtam.
Cuando el corazón de un niño indio está lleno, no corre por ahí ni hace ruido de manera desordenada. Se sienta a celebrar una especie de fiesta a solas. ¡Y al pequeño Toomai le había hablado Petersen Sahib! Si no hubiera encontrado lo que buscaba, creo que habría reventado.
Pero el vendedor de dulces del campamento le prestó un pequeño tamtam —un tambor que se toca con la palma de la mano— y él se sentó, con las piernas cruzadas, ante Kala Nag mientras las estrellas empezaban a asomar, con el tamtam en el regazo, y dele y dele y dele con los golpes; y cuanto más pensaba en el gran honor que se le había concedido, más golpeaba, completamente solo entre el forraje de los elefantes.
No había melodía ni letra, pero los golpes lo hacían feliz.