pues Mowgli iba a enseñarles a entretejer varas y juncos como protección contra la lluvia y el frío. Mowgli cogió unas trepadoras y comenzó a entrelazarlas, y los monos intentaron imitarlo; pero al cabo de unos pocos minutos perdieron el interés y empezaron a tirar de las colas de sus amigos o a dar saltos a cuatro patas, tosiendo.
—Quiero comer —dijo Mowgli—. Soy un forastero en esta parte de la selva. Tráeme comida o dame permiso para cazar aquí.
Veinte o treinta monos saltaron a lo lejos para traerle nueces y papayas silvestres; pero se pusieron a pelear por el camino, y les dio demasiada flojera volver con lo que quedaba de la fruta.
Mowgli estaba adolorido y enojado, además de hambriento, y deambulaba por la ciudad vacía lanzando de vez en cuando el Llamado de Caza de los Extraños, pero nadie le respondía, y Mowgli sintió que en verdad había llegado a un sitio muy malo.
“Todo lo que Baloo ha dicho sobre los Bandar-log es verdad —pensó para sus adentros—. No tienen Ley, ni Llamada de Caza, ni líderes; nada más que palabras necias y manos chiquitas, rapaces y ladronzuelas. Así que, si muero de hambre o de frío aquí, será exclusivamente por mi culpa. Pero debo intentar regresar a mi propia selva. Seguro que Baloo me dará una paliza, pero eso es mejor que andar persiguiendo tontas hojas de rosa con los Bandar-log”.
Pero no bien hubo caminado hacia la muralla de la ciudad cuando los monos lo tiraron hacia atrás, diciéndole que no sabía lo feliz que era, y pellizcándolo para volverlo agradecido. Apretó los dientes y no dijo nada, sino que fue con los monos vociferantes hasta una terraza situada sobre los depósitos de arenisca roja que estaban medio llenos de agua de lluvia. En el centro de la terraza había un cenador en ruinas de mármol blanco,