a la luz de la rama ardiente que hacía saltar y temblar las sombras.
—¡Bien! —dijo Mowgli, mirando lentamente a su alrededor y sacando el labio inferior—. Veo que sois perros. Me voy de entre vosotros con los míos... si es que son los míos. La selva se me cierra, y debo olvidar vuestro idioma y vuestra compañía; pero seré más misericordioso que vosotros. Como he estado a punto de ser vuestro hermano de sangre, os prometo que, cuando sea un hombre entre los hombres, no os traicionaré ante los hombres como vosotros me habéis traicionado a mí. —Dio una patada al fuego y las pocas aspias saltaron por los aires—. No habrá guerra entre ninguno de nosotros y la Manada. Pero aquí hay una deuda que pagar antes de que me marche. —Caminó a grandes zancadas hasta donde Shere Khan estaba sentado, parpadeando estúpidamente ante las llamas, y lo agarró por el mechón de la barbilla. Bagheera lo siguió de cerca, por si acaso—. ¡Arriba, perro! —gritó Mowgli—. ¡Arriba, cuando un hombre habla, o prenderé fuego a esa piel!