La mujer de Darzee sabía muy bien que no debía hacer eso, pues un pájaro que mira a los ojos de una serpiente se asusta tanto que no puede moverse. La mujer de Darzee siguió revoloteando, piando con tristeza y sin apartarse nunca del suelo, y Nagaina apresuró el paso.
Rikki-tikki oyó que subían por el sendero desde las caballerizas, y corrió hacia el extremo del melonar, cerca del muro. Allí, en la cálida hojarasca que rodeaba a los melones, muy ingeniosamente ocultos, encontró veinticinco huevos, del tamaño de los de una gallina Bantam, pero con una piel blancuzca en lugar de cáscara.
—No llegué ni un día antes de tiempo —dijo; pues podía ver las crías de cobra enrolladas dentro de la piel, y sabía que en el minuto mismo de nacer cualquiera de ellas podía matar a un hombre o a una mangosta.
Les arrancó la parte superior de los huevos tan rápido como pudo, cuidando de aplastar a las jóvenes cobras, y removió la hojarasca de vez en cuando para ver si se había dejado alguna.
Al fin solo quedaban tres huevos, y Rikki-tikki empezó a soltar una risita para sus adentros, cuando oyó gritar a la mujer de Darzee:
—Rikki-tikki, llevé a Nagaina hacia la casa, y se ha metido en la galería y—¡oh, ven rápido—tiene la intención de matar!
Rikki-tikki rompió dos huevos, y cayó hacia atrás rodando por el melonar con el tercer huevo en la boca, y corrió a toda la velocidad que le permitían sus patas hacia la veranda. Teddy, su madre y su padre estaban allí desayunando temprano; pero Rikki-tikki vio que no estaban comiendo nada. Estaban sentados, inmóviles como estatuas, y tenían el rostro pálido. Nagaina estaba enrollada sobre la esterilla junto a la silla de Teddy, a una distancia perfecta para atacar la pierna desnuda del niño, y se balanceaba de un lado a otro cantando una canción de triunfo.