Los nuevos elefantes tiraban de sus cuerdas con fuerza, y chillaban y barritaban de vez en cuando, y él podía oír a su madre en la choza del campamento durmiendo a su hermanito con una vieja, viejísima canción sobre el gran dios Shiv, que una vez les dijo a todos los animales qué debían comer. Es una nana muy reconfortante, y la primera estrofa dice:
Shiv, que vertía la cosecha e hizo soplar los vientos, sentado en los umbrales de un día de antaño, dio a cada cual su parte, alimento, fatiga y sino, desde el Rey sobre el guddee hasta el Mendigo en el portal. Todo lo hizo él: ¡Shiv el Preservador! ¡Mahadeo! ¡Mahadeo! Él lo hizo todo: ¡Espina para el camello, forraje para el ganado, y corazón de madre para la cabeza somnolienta, oh, hijito mío!
El pequeño Toomai acompañaba con un alegre tunk-a-tunk al final de cada verso, hasta que sintió sueño y se estiró sobre el forraje al lado de Kala Nag.
Por fin los elefantes empezaron a tumbarse uno tras otro según es su costumbre, hasta que solo Kala Nag, en el extremo derecho de la fila, quedó en pie; y se mecía lentamente de un lado a otro, con las orejas hacia adelante para escuchar el viento nocturno que soplaba muy despacio sobre las colinas. El aire estaba lleno de todos los ruidos nocturnos que, tomados en conjunto, forman un gran silencio: el chasquido de un tallo de bambú contra otro, el crujido de algo vivo en la maleza, el rasguño y el graznido de un pájaro medio despierto (los pájaros están despiertos por la noche mucho más a menudo de lo que imaginamos), y la caída del agua muy, muy lejos. Pequeño Toomai durmió un rato, y cuando despertó era una brillante noche de luna, y Kala Nag todavía seguía en pie con las orejas erguidas. Pequeño Toomai se volvió, crujiendo entre el forraje, y observó la curva de su gran lomo recortada contra la mitad de las estrellas del cielo, y mientras miraba oyó, tan a lo lejos que no sonaba más que a un pinchazo de ruido perforando la quietud, el «ju-ju» de un elefante salvaje.