cualquier cosa antes que luchar. La manada chapoteó a través de la poza que acababa de dejar, mugiendo hasta hacer resonar el estrecho desfiladero. Mowgli oyó un mugido de respuesta desde el pie del barranco, vio a Shere Khan girar (el tigre sabía que, en el peor de los casos, era mejor enfrentarse a los toros que a las vacas con sus crías), y entonces Rama tropezó, cayó y siguió adelante sobre algo blando, y, con los toros pisándole los talones, chocó de lleno contra la otra manada, mientras los búfalos más débiles eran levantados del suelo por la fuerza del impacto. Aquella carga sacó a ambas manadas a la llanura, cornupeteando, pisoteando y bufando. Mowgli calculó el momento oportuno, se deslizó del cuello de Rama y repartió golpes a diestros y siniestros con su bastón.
—¡Pronto, Akela! Sepáralos. Dispersalos, o se estarán peleando entre ellos. Échales, Akela. ¡Hai, Rama! ¡Hai! ¡hai! ¡hai! hijos míos. ¡Con suavidad ahora, con suavidad! Ya ha pasado todo.
Akela y Hermano Gris corrían de un lado a otro mordisquiscando las patas de los búfalos, y aunque la manada dio media vuelta una vez para volver a cargar cañón arriba, Mowgli logró hacer girar a Rama, y los demás lo siguieron hacia los revolcaderos.
Shere Khan no necesitaba más pisotones. Estaba muerto, y los milanos ya venían por él.
“Hermanos, esa ha sido una muerte de perro”, dijo Mowgli, buscando el cuchillo que siempre llevaba en una funda al cuello ahora que vivía con los hombres. “Pero él nunca se habría mostrado dispuesto a dar batalla. Su piel quedará bien en la Roca del Consejo. Debemos ponernos a trabajar de prisa”.
Un muchacho criado entre hombres jamás habría soñado con desollar a un tigre de tres metros él solo, pero Mowgli sabía mejor que nadie cómo está ajustada la piel de un animal y cómo se puede quitar.