encontraran con los dientes trancados. Estaba mareado, dolorido y se sentía hecho pedazos cuando algo estalló como un trueno justo detrás de él; un viento caliente lo dejó sin sentido y el fuego rojo chamuscó su pelo. El hombre alto se había despertado con el ruido y había disparado ambos cañones de una escopeta contra Nag justo detrás de la capucha.
Rikki-tikki se sostuvo con los ojos cerrados, pues ahora estaba muy seguro de que estaba muerto; pero la cabeza no se movía, y el hombre alto lo alzó y dijo:
«Es la mangosta otra vez, Alice; el pequeñín nos ha salvado la vida ahora».
Luego entró la madre de Teddy con el rostro muy pálido, y vio lo que quedaba de Nag, y Rikki-tikki se arrastró hasta la alcoba de Teddy y se pasó la mitad de lo que restaba de la noche sacudiéndose con delicadeza para averiguar si de verdad estaba partido en cuarenta pedazos, como imaginaba.
Cuando llegó la mañana estaba muy entumecido, pero muy satisfecho con sus actos.
“Ahora tengo que vérselas con Nagaina, y será peor que cinco Nags, y no hay forma de saber cuándo eclosionarán los huevos de los que habló. ¡Dios mío! Tengo que ir a ver a Darzee”, dijo.
Sin esperar al desayuno, Rikki-tikki corrió hacia el espino donde Darzee cantaba un canto de triunfo a todo pulmón.
La noticia de la muerte de Nag se había esparcido por todo el jardín, pues el barrendero había arrojado el cuerpo al basurero.
—¡Oh, estúpido manojo de plumas! —dijo Rikki-tikki, con enojo—. ¿Es este momento para cantar?