Y por fin, cuando las llamas disminuyeron, y la luz roja de los troncos hizo parecer que los elefantes también habían sido sumergidos en sangre, Machua Appa, el jefe de todos los conductores de todos los Keddahs—Machua Appa, el otro sahib Petersen, que en cuarenta años jamás había visto un camino trazado; Machua Appa, que era tan grande que no tenía otro nombre que Machua Appa—, se puso de un salto en pie, con el Pequeño Toomai sostenido en alto por encima de su cabeza, y exclamó: —Escuchad, hermanos míos. Escuchad también vosotros, mis señores que estáis en las hileras, ¡porque yo, Machua Appa, estoy hablando! A este pequeño ya no se le llamará el Pequeño Toomai, sino Toomai de los Elefantes, como se llamó a su bisabuelo antes que él. Lo que ningún hombre ha visto, lo ha visto él a lo largo de la noche, y el favor de la gente de los elefantes y de los Dioses de las Selvas está con él. ¡Se convertirá en un gran rastreador; llegará a ser más grande que yo, aun que yo mismo, Machua Appa! ¡Seguirá el rastro nuevo, y el rastro viejo, y el rastro confuso, con mirada clara! No sufrirá daño en el Keddah cuando corra bajo sus panzas para maniatar a los machos monteses salvajes; y si resbala ante los pies del elefante macho que carga, ese elefante macho sabrá quién es y no lo aplastará.
¡Aihai! ¡mis señores encadenados —hizo girar la línea de estacas—, aquí está el pequeño que ha visto vuestras danzas en vuestros lugares ocultos, ¡el espectáculo que ningún hombre ha visto! ¡Honradle, mis señores! Salaam karo, hijos míos. ¡Saludad a Toomai de los Elefantes! ¡Gunga Pershad, ahá! ¡Hira Guj, Birchi Guj, Kuttar Guj, ahá! ¡Pudmini, tú le has visto en la danza, y tú también, Kala Nag, mi perla entre los elefantes!, ¡ahá! ¡Todos juntos! A Toomai de los Elefantes. ¡Barrao!
Y ante aquel último grito salvaje, toda la línea alzó las trompas hasta que las puntas tocaron sus frentes, y estalló en el saludo completo: el estruendoso toque de trompeta que solo el virrey de la India escucha, el Salaamut del Keddah.