La hierba comenzó a ablandarse, y las patas de Kala Nag succionaban y hacían ruido al asentarlas, mientras la neblina nocturna del fondo del valle enfriaba a Pequeño Toomai. Hubo un chapoteo y un estruendo, y la corriente de agua precipitándose, y Kala Nag vadeó el lecho de un río, tanteando el terreno a cada paso. Por encima del ruido del agua, que giraba arremolinada en torno a las patas del elefante, Pequeño Toomai pudo oír más chapoteos y algunos barritos, tanto río arriba como río abajo: grandes gruñidos y resoplidos furiosos, y toda la bruma que lo rodeaba parecía estar llena de sombras ondulantes y móviles.
—¡Ai! —dijo en voz baja, castañeteando los dientes—. La gente de los elefantes está fuera esta noche. Entonces, es el baile.
Kala Nag salió del agua resoplando, se limpió la trompa y comenzó otra subida; pero esta vez no estaba solo, y no tenía que abrirse el camino. Ese ya estaba hecho, de seis metros de ancho, frente a él, donde la hierba doblada de la selva intentaba enderezarse y ponerse de pie.
Muchos elefantes debían de haber pasado por allí pocos minutos antes.
El pequeño Toomai miró hacia atrás, y detrás de él un gran elefante macho salvaje, con sus ojillos de cerdo brillando como ascuas, acababa de salir del río brumoso. Luego los árboles volvieron a cerrarse, y siguieron adelante y arriba, entre baritones y estruendos, y el sonido de ramas que se rompían a su alrededor.
Al fin Kala Nag se detuvo entre dos troncos de árboles en la misma cima de la colina.