delanteras como un hombre gordo agita el brazo.
—¡Ejem! —dijo Kotick—. ¿Buena caza, caballeros?
Los grandes seres respondieron haciendo reverencias y agitando las aletas como el Lacayo de la Rana. Cuando volvieron a comer, Kotick vio que su labio superior estaba partido en dos trozos, que podían separar como un pie y volver a juntar con un buen celemín de algas entre las aberturas. Se metían las cosas en la boca y masticaban con solemnidad.
—Qué manera tan desordenada de comer esa —dijo Kotick.
Volvieron a hacer una reverencia, y Kotick empezó a perder la paciencia. —Muy bien —dijo—. Si de casualidad tienen una articulación extra en la aleta delantera, no hace falta que presuman tanto. Veo que hacen reverencias con gracia, pero me gustaría saber sus nombres.
Los belfos partidos se movieron y se contrajeron, y los vidriosos ojos verdes se quedaron fijos; pero no hablaron.