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nydus/The Jungle BookPublic
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Los servidores de Su Majestad

y vi cómo la tienda se venía abajo, al romperse el mástil, y empezaba a dar tumbos como un fantasma enloquecido. Un camello había tropezado con ella y, por mucho que estuviera empapado y enfadado, no pude evitar reír. Luego eché a correr, porque no sabía cuántos camellos podían haberse suelto, y al poco rato ya había perdido de vista el campamento, abriéndome paso entre el lodo.

Por fin tropecé con la culata de un cañón y por eso supe que estaba en algún lugar cercano a las líneas de artillería, donde amontonaban los cañones por la noche. Como no quería seguir chapoteando en la llovizna y la oscuridad, puse mi impermeable sobre la boca de un cañón, armé una especie de choza con dos o tres baquetas que encontré y me tendí a lo largo de la cureña de otro cañón, preguntándome dónde se habría metido Vixen y en dónde estaría.

Justo cuando me disponía a dormir, oí el tintineo de unos arneses y un gní, y una mula pasó a mi lado sacudiendo sus orejas mojadas.

Pertenecía a una batería de artillería de montaña, pues pude oír el traqueteo de las correas, las anillas, las cadenas y demás trastos sobre la almohadilla de su silla.

Los cañones desmontables son piececitas ordenadas hechas en dos partes, que se enroscan juntas cuando llega el momento de usarlos. Se suben a las montañas, a cualquier lugar donde una mula pueda encontrar un camino, y son muy útiles para combatir en terreno rocoso.

Detrás de la mula iba un camello, con sus grandes y blandas pezuñas chapoteando y resbalando en el lodo, y el cuello bamboleándose de arriba abajo como el de una gallina descarriada. Por suerte, yo sabía lo suficiente del idioma de las bestias —no el idioma de las bestias salvajes, sino el de las bestias de campamento, por supuesto— gracias a los nativos como para entender lo que estaba diciendo.

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