Oh, calla, mi niño, la noche ha quedado atrás, y negras son las aguas que brillaron tan verde. La luna, sobre las olas, nos busca sin descanso en reposo entre los huecos que susurran. Donde ola con ola se uniera, tu almohada sea blanda; ¡ah, cansada aleta diminuta, arrúllate a tu antojito! La tormenta no ha de despertarte, ni el tiburón alcanzarte, dormido en los brazos del mar que se balancea lento.
Todas estas cosas sucedieron hace varios años en un lugar llamado Novastoshnah, o Punta del Noreste, en la isla de San Pablo, muy, muy lejos en el mar de Bering.
Limmershin, el chochín invernal, me contó la historia cuando el viento lo arrojó contra el aparejo de un vapor que iba a Japón, y yo lo bajé a mi camarote, lo calenté y lo alimentó durante un par de días hasta que estuvo listo para volar de regreso a San Pablo.
Limmershin es un pájaro muy extraño, pero sabe cómo decir la verdad.
Nadie va a Novastoshnah sino por asuntos de negocios, y las únicas personas que tienen asuntos regulares allí son las focas. Llegan en los meses de verano por cientos y cientos de miles procedentes del mar frío y gris; porque la playa de Novastoshnah ofrece el mejor alojamiento para focas de todo el mundo.
Sea Catch lo sabía, y cada primavera nadaba desde el lugar en el que estuviera —nadaba como un torpedero en línea recta hacia Novastoshnah— y pasaba un mes peleando con sus compañeros por un buen sitio en las rocas lo más cerca posible del mar. Sea Catch tenía quince años, un enorme lobo marino gris con casi una melena en los