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nydus/Les MisérablesPublic
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I. El prado de la alondra

volvía a estar sepultada en un misterio donde caminaba a tanteos. Había contemplado por un momento, muy de cerca, en aquella oscuridad, a la joven que amaba, al anciano que parecía ser su padre, a aquellos seres desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este mundo; y, en el preciso momento en que se creía a punto de alcanzarlos, una ráfaga se había llevado todas aquellas sombras. Ni una chispa de certeza y verdad se había desprendido ni siquiera en el más terrible de los enfrentamientos. Ninguna conjetura era posible. Ya ni siquiera sabía el nombre que creía conocer. Ciertamente no era Úrsula. Y la alondra era un apodo. Y ¿qué debía pensar del anciano? ¿Estaba de verdad ocultándose de la policía? El obrero de cabellos blancos con el que Marius se había cruzado en las inmediaciones de los Inválidos acudió a su mente. Ahora le parecía probable que aquel obrero y el señor Leblanc fuesen una sola y misma persona. ¿Así que se disfrazaba? Aquel hombre tenía su lado heroico y su lado equívoco. ¿Por qué no había pedido ayuda? ¿Por qué había huido? ¿Era o no era el padre de la joven? ¿Era, en suma, el hombre que Thénardier creía haber reconocido? Thénardier podía haberse equivocado. Se trataba de otros tantos problemas insolubles. Todo esto, es verdad, no restaba nada a los encantos angélicos de la joven del Luxemburgo. Desconsuelo desgarrador; Marius llevaba una pasión en el corazón y la noche ante los ojos. Era empujado, era arrastrado, y no podía moverse. Todo se había desvanecido, excepto el amor. Del amor mismo había perdido los instintos y las súbitas iluminaciones. Por lo ordinario, esta llama que nos quema nos alumbra también un poco y proyecta algunas claridades útiles al exterior. Pero Marius ni siquiera escuchaba ya aquellos mudos consejos de la pasión. Jamás se decía a sí mismo: > «¿Y si fuera a tal lugar? ¿Y si intentara tal o cual

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