En 1815, cuando los supremos desastres llenaban el aire, cuando Francia se estremecía ante su siniestra aproximación, cuando Waterloo se vislumbraba abriéndose ante Napoleón, la fúnebre aclamación del ejército y del pueblo al condenado por el destino no tenía nada de risible, y, aun haciendo todas las concesiones posibles respecto al déspota, un corazón como el del obispo de Digne tal vez no debió dejar de reconocer los rasgos augustos y conmovedores que presentaba el abrazo de una gran nación y un gran hombre al borde del abismo.
Con esta sola excepción, era en todo justo, veraz, equitativo, inteligente, humilde y digno, beneficiente y bondadoso, lo que no es sino otra forma de benevolencia.
Era un sacerdote, un sabio y un hombre.
Hay que reconocer que incluso en las opiniones políticas que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos a juzgar casi con severidad, era tolerante y condescendiente, más quizá que nosotros, que aquí hablamos.
El portero del ayuntamiento había sido colocado allí por el Emperador. Era un viejo suboficial de la vieja guardia, miembro de la Legión de Honor en Austerlitz, tan bonapartista como el águila.
Este pobre hombre soltaba de vez en cuando observaciones inconsideradas, que la ley calificaba entonces de «discursos sediciosos».
Tras la desaparición del perfil imperial de la Legión de Honor, jamás volvió a vestirse con su uniforme militar, según decía, para no verse obligado a llevar su cruz. Él mismo había arrancado devotamente la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había regalado; esto dejó un agujero, y no quiso poner nada en su lugar.
« ¡Moriré —decía— antes que llevar las tres ranas sobre mi corazón! »