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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro I. M. Myriel

A los cantones que tenían afición a los pleitos, y donde los labradores se arruinaban en papel sellado, les decía:

«¡Mirad a esos buenos campesinos del valle de Queyras! Hay allí tres mil almas. ¡Mon Dieu! Es como una pequeña república. No se conoce ni juez ni alguacil. El alcalde lo hace todo. Reparte los impuestos, grava a cada cual a conciencia, juzga las querellas gratis, divide las herencias sin cobrar, pronuncia sentencias a título gratuito; y se le obedece porque es un hombre justo entre hombres sencillos».

A los pueblos donde no hallaba maestro de escuela, les citaba una vez más a la gente del Queyras:

—¿Saben cómo se las arreglan? —decía—. Puesto que un pequeño país de doce o quince hogares no siempre puede mantener a un maestro, tienen maestros de escuela pagados por todo el valle, que hacen la ronda por los pueblos, pasando una semana en este, diez días en aquel, y los instruyen. Esos maestros van a las ferias. Los he visto allí. Se les reconoce por las plumas de ganso que llevan en el cordón del sombrero. Los que solo enseñan a leer tienen una pluma; los que enseñan a leer y a hacer cuentas tienen dos plumas; los que enseñan a leer, a hacer cuentas y latín tienen tres plumas. ¡Pero qué deshonra ser ignorante! ¡Hagan como la gente del Queyras!

Así disertaba con gravedad y paternalismo; a falta de ejemplos, inventaba parábolas, yendo directamente al grano, con pocas frases y muchas imágenes, característica esta que constituía la verdadera elocuencia de Jesucristo. Y como él mismo estaba convencido, resultaba persuasivo.

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