El coche de punto, que regulaba todos sus movimientos por los de aquel, se había detenido a su vez en el muelle superior, cerca del pretil.
El cochero, previendo una espera prolongada, encajó en los hocicos de sus caballos el morral de avena húmedo por el fondo, tan familiar a los parisinos, a quienes, dicho sea entre paréntesis, el Gobierno se lo aplica a veces.
Los escasos transeúntes del puente de Jena volvían la cabeza, antes de proseguir su camino, para echar una ojeada momentánea a esos dos elementos inmóviles del paisaje: el hombre en la orilla, el carruaje en el muelle.
IV
Él también lleva su cruz
Jean Valjean había reanudado su marcha y no se había vuelto a detener.
Esta marcha se volvió cada vez más laboriosa. La altura de estas bóvedas varía; la altura media es de unos cinco pies y seis pulgadas, y ha sido calculada para la estatura de un hombre; Jean Valjean se veía obligado a agacharse para no golpear a Marius contra la bóveda; a cada paso tenía que agacharse, luego incorporarse y tantear la pared sin cesar. La humedad de las piedras y la naturaleza viscosa del maderamen ofrecían apenas malos apoyos a los cuales aferrarse, ya fuera con la mano o con el pie. Tropezaba por el hediondo muladar de la ciudad. Los destellos intermitentes de los respiraderos solo aparecían a muy largos intervalos, y eran tan pálidos que la luz plena del sol parecía luz de luna; todo lo demás era niebla, miasma, opacidad, negrura.