II
En el que el lector leerá dos versos, que son de composición del Diablo, posiblemente
Antes de avanzar más, vendrá a propósito relatar con algún detalle un suceso singular que tuvo lugar por la misma época en Montfermeil, y al que no le faltan coincidencias con ciertas conjeturas de la acusación.
Existe en la región de Montfermeil una superstición muy antigua, la cual resulta tanto más curiosa y tanto más preciosa cuanto que una superstición popular en los alrededores de París es como un áloe en Siberia. Nosotros somos de los que respetan todo lo que tiene la naturaleza de planta rara. He aquí, pues, la superstición de Montfermeil: se cree que el diablo, desde tiempos inmemoriales, ha elegido el bosque como escondite para sus tesoros. Las buenas mujeres afirman que no es raro encontrarse al atardecer, en los rincones apartados del bosque, a un hombre negro con aspecto de carretero o leñador, que lleva zuecos, viste pantalones y blusa de lino, y es reconocible por el hecho de tener, en lugar de gorra o sombrero, dos inmensos cuernos en la cabeza. Esto debería, en efecto, permitir reconocerlo. Este hombre se dedica habitualmente a cavar un hoyo. Hay tres maneras de sacar provecho de semejante encuentro. La primera es acercarse al hombre y hablarle. Entonces se ve que el hombre es simplemente un campesino, que parece negro porque es el atardecer; que no está cavando ningún hoyo, sino cortando hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por cuernos no es otra cosa que una horca de estiércol que lleva a la espalda y cuyos dientes, gracias a la perspectiva de la tarde, parecían brotar de su cabeza. El hombre regresa a casa y muere en el transcurso de la semana. La