pensando?». —Pienso —respondió el obispo— en una singular observación que se encuentra, creo, en san Agustín: «Pon tus esperanzas en aquel de quien no
En otra ocasión, al recibir la esquela del fallecimiento de un caballero de provincias, en la que no solo las dignidades del difunto, sino también los títulos feudales y nobiliarios de todos sus parientes ocupaban una página entera:
«¡Qué espalda tan robusta tiene la Muerte! —exclamó—. ¡Qué extraña carga de títulos se le impone alegremente, y cuánto ingenio debe tener el hombre para poner así la tumba al servicio de la vanidad!».
Poseía, a veces, una amable ironía que casi siempre ocultaba un sentido serio.
En el transcurso de una Cuaresma, un joven vicario vino a Digne y predicó en la catedral. Era bastante elocuente. El tema de su sermón fue la caridad. Instó a los ricos a dar a los pobres para evitar el infierno, que describió de la manera más espantosa de que fue capaz, y para ganar el paraíso, que presentó como encantador y apetecible.
Entre el auditorio había un acaudalado comerciante jubilado, que era algo usurero, llamado M. Géborand, el cual había amasado dos millones fabricando telas burdas, sargas y galones de lana. En toda su vida, M. Géborand había concedido limosna a un desdichado. Tras la predicación de aquel sermón, se observó que daba un sueldo cada domingo a las pobres viejas pordioseras de la puerta de la catedral. Eran seis para repartírselo.
Un día, el obispo lo sorprendió en el acto de otorgar esta caridad y le dijo a su hermana con una sonrisa: «Ahí está M. Géborand comprando el paraíso por un sueldo».