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nydus/Les MisérablesPublic
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I. La cuestión del agua en Montfermeil

Habían tirado su muñeca al suelo, y Éponine, que era la mayor, estaba envolviendo al gatito, a pesar de sus maullidos y contorsiones, en una cantidad de ropas y retazos rojos y azules. Mientras realizaba esta seria y difícil labor, le decía a su hermana en ese lenguaje tierno y adorable de los niños, cuya gracia, como el esplendor del ala de la mariposa, se desvanece cuando uno intenta fijarlo:

“Verás, hermana, esta muñeca es más divertida que la otra. Se retuerce, llora, está templada. Mira, hermana, juguemos con ella. Será mi hijita. Yo seré una señora. Vendré a verte, y tú la mirarás.

Poco a poco, le irás viendo los bigotes, y eso te sorprenderá. Y luego le verás las orejas, y luego le verás el rabo y te asombrará. Y tú me dirás: ‘¡Ah, Dios mío!’, y yo te diré: ‘Sí, Madame, es mi hijita. Las niñas se hacen así en la actualidad’”.

Azelma escuchaba con admiración a Éponine.

Entre tanto, los bebedores habían empezado a cantar una canción obscena y a reírse de ella hasta hacer temblar el techo. Thénardier los acompañaba y los animaba.

Como los pájaros hacen nidos con todo, los niños hacen una muñeca con cualquier cosa que cae en sus manos.

Mientras Éponine y Azelma hacían un atado con el gato, Cosette, por su parte, había vestido su espada. Hecho esto, la acunó en sus brazos y le cantó suavemente para dormirla.

La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y, al mismo tiempo, uno de los instintos más encantadores de la infancia femenina. Cuidar, vestir, ataviar, poner y quitar la ropa, cambiar de vestido, enseñar, regañar un poquito, mecer, llevar en brazos, hacer dormir, imaginar que algo es alguien; en eso consiste todo el porvenir de la mujer.

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