Boulatruelle cometió el error de no comprender esto. Creía en la línea recta; una respetable ilusión óptica que arruina a más de un hombre. El matorral, erizado como estaba, le pareció el mejor camino.
—Tomemos la calle de Rivoli de los lobos —dijo él.
Boulatruelle, acostumbrado a andar por caminos torcidos, incurrió en esta ocasión en la falta de marchar derecho.
Se precipitó con resolución en la maraña de maleza.
Tenía que habérselas con acebos, ortigas, espinos albares, escaramujos, cardos y zarzas muy irascibles.
Salió muy lacerado.
Al fondo del barranco encontró agua que se vio obligado a cruzar.
Por fin llegó al fondo de Blaru, al cabo de cuarenta minutos, sudoroso, empapado, sin aliento, arañado y furioso.
No había nadie en el claro. Boulatruelle se precipitó hacia el montón de piedras. Estaba en su sitio. No se lo habían llevado.
En cuanto al hombre, se había desvanecido en el bosque. Había logrado escapar. ¿Dónde? ¿En qué dirección? ¿En qué espesura? Imposible adivinarlo.
Y, cosa desgarradora de decir, allí, detrás del montón de piedras, frente al árbol con la hoja de zinc, había tierra recién removida, un pico, abandonado u olvidado, y un hoyo.
El agujero estaba vacío.
«¡Ladrón!», gritó Boulatruelle, amenazando con el puño al horizonte.