Se la señalaron. Llamó al timbre; una mujer con una pequeña lámpara en la mano abrió la puerta.
—¿M. Pontmercy? —dijo Marius.
La mujer permaneció inmóvil.
—¿Es esta su casa? —demandó Mario.
La mujer asintió afirmativamente.
—¿Puedo hablar con él?
La mujer negó con la cabeza.
—¡Pero soy su hijo! —insistió Marius—. Me está esperando.
—Él ya no te espera —dijo la mujer.
Entonces advirtió que ella estaba llorando.
Señaló la puerta de una habitación en la planta baja; él entró.
En aquella habitación, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la mantelera, había tres hombres, uno de pie, otro de rodillas y un tercero tendido de largo a largo en el suelo, en camisa.
El del suelo era el coronel.
Los otros dos eran el médico y el sacerdote, quien estaba enfrascado en la oración.
Al coronel le había dado una fiebre cerebral tres días antes. Como había tenido un presentimiento de desgracia en los mismos inicios de su enfermedad, le había escrito a M. Gillenormand para reclamar a su hijo. El mal había empeorado.