jardín a la hora del cierre y hubiesen pasado la noche en alguna de esas garitas donde la gente lee los periódicos. El caso es que eran corderos descarriados y parecían libres. Estar descarriado y parecer libre es estar perdido. Aquellas pobres criaturitas estaban, de hecho, perdidas.
Estos dos niños eran aquellos mismos de los que Gavroche se había ocupado con cierta dificultad, como el lector recordará. Hijos de los Thénardier, alquilados a Magnon, atribuidos al señor Gillenormand, y ahora hojas caídas de todas estas ramas sin raíces, y barridas por el viento sobre el suelo. Sus ropas, que habían estado limpias en los tiempos de Magnon y que le habían servido de prospecto ante el señor Gillenormand, se habían convertido en harapos.
En adelante, estos seres pasaron a formar parte de las estadísticas como «Niños abandonados», de los que la policía toma nota, recoge, extravía y vuelve a encontrar en el pavimento de París.
Hizo falta la conmoción de un día así para explicar la presencia de esas pobres criaturitas en aquel jardín. Si los vigilantes las hubieran visto, habrían echado a patadas semejantes andrajos.
Las pobres criaturas no entran en los jardines públicos; con todo, la gente debería reflexionar que, de niños, tienen derecho a las flores.
Estos niños estaban allí, gracias a las puertas cerradas con llave. Estaban allí en contra de los reglamentos. Se habían colado en el jardín y allí se quedaron.
Las puertas cerradas no eximen a los inspectores, se supone que la vigilancia debe continuar, pero se relaja y reposa; y los inspectores, conmovidos por la inquietud pública y más ocupados del exterior que del interior, ya no miraban hacia el jardín, y no habían visto a los dos delincuentes.