de una cortina, se encontraban los utensilios de aseo, que aún delataban los hábitos elegantes del hombre mundano; había dos puertas, una cerca de la chimenea, que abría al oratorio; la otra cerca de la biblioteca, que abría al comedor. La biblioteca era un gran armario con puertas de vidrio lleno de libros; la chimenea era de madera pintada imitando mármol, y habitualmente sin fuego. En la chimenea había un par deillos de hierro, adornados arriba con dos burones con guirnaldas y acanaladuras que antiguamente habían estado plateadas con hoja de plata, lo cual era una especie de lujo episcopal; encima de la repisa colgaba un crucifijo de cobre, con la plata desgastada, fijado sobre un fondo de terciopelo raído en un marco de madera al que se le había caído el dorado; cerca de la puerta vidriera, una mesa grande con un tintero, abrumada por una confusión de papeles y por volúmenes enormes; delante de la mesa, un sillón de paja; frente a la cama, un reclinatorio, tomado prestado del oratorio.
Dos retratos en marcos ovales estaban sujetos a la pared a cada lado de la cama. Pequeñas inscripciones doradas sobre la superficie lisa de la tela junto a estas figuras indicaban que los retratos representaban, uno al abate de Chaliot, obispo de Saint Claude; el otro, al abate Tourteau, vicario general de Agde, abad de Grand-Champ, orden de Cîteaux, diócesis de Chartres. Cuando el obispo sucedió en este aposento a los enfermos del hospital, había encontrado allí estos retratos y los había dejado. Eran sacerdotes y probablemente donantes, dos razones para respetarlos. Todo lo que sabía acerca de estas dos personas era que habían sido nombrados por el rey, el uno para su obispado, el otro para su beneficio, el mismo día, 27 de abril de 1785. Habiendo bajado Madame Magloire los cuadros para quitarles el polvo, el obispo había descubierto estos datos escritos con tinta blancuzca en un