divierto más aquí con usted», ahora pedía siempre salir. En realidad, ¿de qué sirve tener un rostro hermoso y un traje delicioso si uno no los luce?
También notó que Cosette ya no tenía el mismo gusto por el huerto. Ahora prefería el jardín y no le disgusta pasear de un lado a otro delante de la reja. Jean Valjean, que era tímido, jamás ponía los pies en el jardín. Se quedaba en su patio, como un perro.
Cosette, al enterarse de que era hermosa, perdió la gracia de ignorarlo.
Una gracia exquisita, pues la belleza realzada por la ingenuidad es inefable, y nada resulta tan adorable como una criatura deslumbrante e inocente que camina llevando en la mano la llave del paraíso sin ser consciente de ello.
Pero lo que había perdido en gracia ingenua, lo ganó en encanto pensativo y serio. Toda su persona, impregnada de la alegría de la juventud, de la inocencia y de la belleza, exhalaba una melancolía espléndida.
Fue en esta época cuando Mario, al cabo de seis meses, la vio una vez más en el Luxemburgo.
VI
La batalla comenzada
Cosette en su sombra, como Marius en la suya, estaba lista para prenderse fuego. El destino, con su misteriosa y fatal paciencia, acercaba lentamente a estos dos seres, cargados y lánguidos ambos por la eléctrica tormenta de la pasión, a estas dos almas que estaban grávidas de amor