La inmortalidad, Obispo, es una casualidad, un esperar que los muertos dejen el puesto.
¡Ah! ¡Qué promesa tan encantadora! ¡Confía en ella, si te gusta! ¡Qué buena suerte la de Adán! Somos almas, y seremos ángeles, con alas azules en los omóplatos.
Venid en mi auxilio: ¿no es Tertuliano quien dice que los bienaventurados viajarán de estrella en estrella? Muy bien. Seremos los saltamontes de los astros.
Y luego, además, veremos a Dios. ¡Tachín, tachín, tachín! ¡Qué sarta de tonterías son todos estos paraísos! Dios es un monstruo absurdo. ¡No diría eso en el Moniteur, caramba!, pero puedo susurrarlo entre amigos. Inter pocula.
Sacrificar el mundo al paraíso es dejar ir la presa por la sombra. ¡Ser el tonto del infinito! No soy tan tonto. Soy un cero. Me llamo «Señor conde Cero», senador.
¿Existí antes de mi nacimiento? No. ¿Existiré después de la muerte? No. ¿Qué soy? Un poco de polvo reunido en un organismo. ¿Qué he de hacer en esta tierra? La elección depende de mí: sufrir o gozar. * ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré sufrido. * ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré disfrutado. Mi elección está hecha. Hay que comer o ser comido. Yo comeré. Es mejor ser el diente que la hierba. Tal es mi sabiduría. Después de lo cual, ve adonde te empuje, el sepulturero está ahí; el Panteón para algunos de nosotros: todo cae en el gran hoyo. Fin.