Las personas que deseen formarse una idea más o menos exacta de la configuración de las casas que se alzaban en aquella época cerca de la Punta Saint-Eustache, en el ángulo nordeste de los Halles de París, donde hoy se encuentra el nacimiento de la calle Rambuteau, no tienen más que imaginarse una N cuya cúspide tocase la calle Saint-Denis y cuya base tocase los Halles, y cuyas dos barras verticales formaran la calle de la Grande-Truanderie y la calle de la Chanvrerie, y cuya barra transversal estuviera formada por la calle de la Petite-Truanderie. La antigua calle Mondétour cortaba los tres trazos de la N en los ángulos más sinuosos. De modo que la laberíntica confusión de estas cuatro calles bastaba para formar, en un espacio de tres toesas de lado, entre los Halles y la calle Saint-Denis por un lado, y entre la calle del Cygne y la calle de los Prêcheurs por otro, siete isletas de casas, extrañamente recortadas, de tamaños diversos, dispuestas de través y al azar, y apenas separadas, como los bloques de piedra de un muelle, por estrechas rendijas.
Decimos rendijas estrechas, y no podemos dar una idea más exacta de esos callejones oscuros, contraídos, de múltiples ángulos, bordeados por edificios de ocho pisos.
Estos edificios estaban tan carcomidos que, en la calle de la Chanvrerie y en la calle de la Petite-Truanderie, las fachadas se apuntalaban con vigas que iban de una casa a otra.
La calle era estrecha y el arroyo ancho, el transeúnte caminaba allí por un pavimento siempre húmedo, bordeando tiendecitas que parecían sótanos, grandes postes ceñidos con aros de hierro, montones excesivos de basura y portones provistos de enormes enrejados centenarios.
La calle Rambuteau ha devorado todo eso.
El nombre de Mondétour pinta maravillosamente bien las sinuosidades de todo ese conjunto de calles. Un poco más allá, se las encuentra aún