Es probable que este silencio por parte del reducto comenzara a inquietar a los asaltantes, a hacerles temer algún incidente imprevisto y a hacerles sentir la necesidad de ver con claridad detrás de aquel montón de adoquines, y de saber qué ocurría al otro lado de aquel muro infranqueable que recibía los golpes sin devolverlos. Los insurrectos divisaron de pronto un casco que brillaba al sol en un tejado vecino. Un bombero se había apoyado contra una alta chimenea y parecía actuar como centinela. Su mirada caía directamente dentro de la barricada.
—Hay un observador vergonzoso —dijo Enjolras.
Jean Valjean había devuelto el fusil de Enjolras, pero tenía su propia arma.
Sin decir una palabra, apuntó al bombero y, un segundo después, el casco, destrozado por una bala, cayó ruidosamente a la calle haciendo estrépito.
El soldado aterrorizado se apresuró a desaparecer.
Un segundo observador ocupó su lugar. Este era un oficial.
Jean Valjean, que había vuelto a cargar su fusil, apuntó al recién llegado y mandó el morrión del oficial a reunirse con el del soldado.
El oficial no insitió y se retiró con presteza. Esta vez la advertencia fue comprendida.
Nadie volvió a asomarse desde entonces a aquel tejado; y la idea de espiar la barricada fue abandonada.
—¿Por qué no mataste al hombre? —le preguntó Bossuet a Jean Valjean.
Jean Valjean no replicó.