guarnición. En menos de tres horas, como un rastro de pólvora que se inflama, los insurgentes habían invadido y ocupado, en la margen derecha, el Arsenal, la alcaldía de la Place Royale, todo el Marais, la fábrica de armas de Popincourt, la Galiote, el Château-d’Eau y todas las calles cercanas a las Halles; en la margen izquierda, el cuartel de los Veteranos, Sainte-Pélagie, la Place Maubert, el polvorín de los Deux-Moulins y todas las barreras. A las cinco de la tarde, eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de los Blancs-Manteaux; sus exploradores habían llegado a la Place des Victoires y amenazaban el Banco, el cuartel de los Petits-Pères y la oficina de Correos. Un tercio de París estaba en manos de los amotinados.
El conflicto había comenzado a escala gigantesca en todos los frentes; y, como resultado de los cateos de desarme y de las armerías asaltadas apresuradamente, ocurrió que el combate que había empezado con el lanzamiento de piedras continuó con disparos de armas de fuego.
Hacia las seis de la tarde, el Passage du Saumon se convirtió en el campo de batalla. La insurrección estaba en un extremo, las tropas estaban en el otro. Se disparaban de una puerta a la otra.
Un observador, un soñador, el autor de este libro, que había ido a observar de cerca este volcán, se encontró en el pasaje entre los dos fuegos. Todo lo que tenía para protegerse de las balas era el saliente de las dos semicolumnas que separan las tiendas; permaneció en esta delicada situación durante casi media hora.
Entre tanto se tocó a rebato, la Guardia Nacional se armó a la ligera, las legiones salieron de las alcaldías, los regimientos de sus cuarteles. Frente al pasaje de l’Ancre, un tambor recibió una puñalada. Otro, en la Rue du Cygne, fue asaltado por treinta jóvenes que rompieron su instrumento y le quitaron la espada. Otro más murió en la Rue Grenier-Saint-Lazare.