tan repletas de moneda que nos vimos obligados a apuntalar los muros, que estaban a punto de reventar bajo el peso del oro y de la plata; cenaba en la calle de los Tres Árboles, a veintidós sueldos. He socorrido al opresor, he consolado al que sufre. Arranqué el mantel del altar, es verdad; pero fue para vendar las heridas de mi patria. Siempre he sostenido la marcha hacia adelante del género humano, hacia la luz, y a veces me he resistido al progreso sin piedad. He protegido, cuando se presentó la ocasión, a mis propios adversarios, hombres de vuestra profesión. Y hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Sainte Claire en Beaulieu, que salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis fuerzas y todo el bien que me fue posible.
Después de lo cual, fui cazado, acosado, perseguido, difamado, abucheado, despreciado, maldecido, proscrito.
Durante muchos años, yo, con mis cabellos blancos, he sido consciente de que mucha gente cree tener derecho a despreciarme; ante las masas pobres e ignorantes presento el rostro de un condenado. Y acepto este aislamiento de odio, sin aborrecer a nadie.
Ahora tengo ochenta y seis años; estoy a punto de morir. ¿Qué es lo que ha venido a pedirme?
—Su bendición —dijo el obispo.
Y se arrodilló.
Cuando el obispo volvió a levantar la cabeza, el rostro del convencional se había vuelto augusto. Acababa de expirar.
El Obispo regresó a casa, profundamente absorto en pensamientos que nos son desconocidos. Pasó toda la noche en oración.