Diplomáticamente, Hogarth no respondió palabra, sino que me llevó a desayunar con Clayton. Allí deduje que Smuts había venido del Gabinete de Guerra a Palestina, con noticias que habían cambiado nuestra situación relativa. Durante días habían estado intentando llevarme a las Conferencias y, por último, habían enviado aeroplanos para encontrar Tafila; pero los pilotos habían dejado caer sus mensajes cerca de Shobek, entre árabes demasiado acobardados por el tiempo como para moverse.
Clayton dijo que en las nuevas condiciones no podía plantearse dejarme marchar. El Este apenas iba a comenzar ahora.
Allenby me dijo que el Gabinete de Guerra lo estaba presionando fuertemente para enmendar el estancamiento del Oeste. Tenía que tomar al menos Damasco; y, de ser posible, Alepo, tan pronto como pudiera. Turquía debía ser eliminada de la guerra de una vez por todas.
Su dificultad residía en su flanco oriental, el derecho, que en ese momento descansaba sobre el Jordán. Me había llamado para considerar si los árabes podían liberarlo de esa carga.
No había escapatoria para mí. Tenía que volver a ponerme mi manto de impostura en el Este. Con mi seguro desprecio por las medias tintas, me lo puse rápidamente y me envolví en él por completo.
Podía ser fraude o podía ser farsa: nadie diría que no sabía interpretarlo. Así que ni siquiera mencioné las razones que me habían traído al otro lado; sino que señalé que este era el plan del Jordán visto desde la perspectiva británica. Allenby asentía, y preguntó si aún podíamos llevarlo a cabo. Dije: Por ahora no, a menos que primero se descartaran nuevos factores.
El primero era Maan. Tendríamos que tomarlo antes de poder permitirnos una segunda esfera. Si un mayor transporte otorgaba un radio de acción más amplio a las unidades del Ejército Regular Árabe, podrían tomar posición a unas cuantas millas al norte de Maan y cortar la vía férrea de forma permanente, obligando así a la guarnición de Maan a salir a presentarles batalla; y, en campo abierto, los árabes derrotarían fácilmente a los turcos.
Necesitaríamos setecientos camellos de carga; más cañones y ametralladoras; y, por último, garantías contra un ataque de flanco desde Amán, mientras lidiábamos con Maan.
Sobre esta base se elaboró un plan. Allenby ordenó que bajasen a Áqaba dos unidades del Cuerpo de Transporte en Camello, una organización de egipcios bajo oficiales británicos que había demostrado un gran éxito en la campaña de Berseba. Fue un gran regalo, pues su capacidad de carga garantizaba que ahora podríamos mantener a nuestros cuatro mil soldados regulares a ochenta millas de su base.
También se prometieron los cañones y las ametralladoras. En cuanto a protegernos de un ataque desde Amán, Allenby dijo que eso era fácil de arreglar. Tenía la intención, para la seguridad de su propio flanco, de tomar próximamente Salt, más allá del Jordán, y mantenerla con una brigada india. Al día siguiente se celebraría una conferencia del Cuerpo de Ejército, y yo debía quedarme para ella.
En esta Conferencia se determinó que el Ejército Árabe marchara instantáneamente hacia la meseta de Maán para tomar Maán. Que los británicos cruzaran el Jordán, ocuparan Salt y destruyeran al sur de Amán la mayor cantidad posible de vías férreas; especialmente el gran túnel. Se debatió qué parte debían tomar los árabes de Amán en la operación británica. Bols pensaba que debíamos sumarnos al avance. Yo me opuse, ya que la posterior retirada a Salt provocaría rumores y reacciones, y sería más fácil si no entrábamos hasta que esto se hubiera disipado.
Chetwode, que iba a dirigir el avance, preguntó cómo habrían de distinguir sus hombres a los árabes amigos de los hostiles, ya que su tendencia era el prejuicio contra todos los que llevaban faldas. Yo estaba sentado en medio de ellos con falda y respondí, con naturalidad, que a los que llevaban falda les desagradaban los hombres de uniforme.
La risa zanjó la cuestión, y se acordó que apoyaríamos la retención británica de Salt solo después de que se detuvieran allí. Tan pronto como Maan cayera, los regulares árabes avanzarían y se abastecerían desde Jericó.
Los setecientos camellos vendrían también, dándoles aún un radio de acción de ochenta millas. Esto sería suficiente para permitirles operar por encima de Amán en el gran ataque de Allenby a lo largo de la línea desde el Mediterráneo hasta el mar Muerto, la segunda fase de la operación, dirigida a la toma de Damasco.
Mi negocio había terminado. Fui a El Cairo por dos días y luego volé a Áqaba para acordar mis nuevas condiciones con Faisal. Le dije que me parecía que me habían tratado mal al desviar sin mi conocimiento el dinero de la cuenta especial que, por acuerdo, yo había destinado únicamente a la campaña del mar Muerto. En consecuencia, había abandonado a Zeid, ya que le era imposible continuar a un consejero despreciado.
Allenby me había enviado de vuelta. Pero mi regreso no significaba que el daño estuviera reparado. Se había perdido una gran oportunidad y se había desaprovechado un valioso avance. Los turcos retomarían Tafila en el plazo de una semana sin dificultad.
Feisal estaba angustiado por si la pérdida de Tafila perjudicaba su reputación; y escandalizado por mi escaso interés en su suerte.
Para consolarlo, le hice ver que ahora no significaba nada para nosotros. Los dos puntos de interés eran los extremos de su zona, Amán y Maán. Tafila no valía la pena como para perder un solo hombre por ella; es más, si los turcos se trasladaban allí, debilitarían Maan o Amán, y facilitarían nuestro verdadero trabajo.
Él se sintió un poco consolado por esto, pero envió urgentes advertencias a Zeid sobre el peligro inminente: en vano, pues seis días después los turcos reconquistaron Tafileh.
Mientras tanto, Faisal reorganizó las bases de los fondos de su ejército. Le di la buena noticia de que Allenby, en agradecimiento por el mar Muerto y Aba el Lissan, había depositado trescientos mil libras en mi crédito independiente y nos había regalado un tren de setecientos camellos de carga con su correspondiente personal y equipo.
Esto causó gran alegría en todo el ejército, pues las columnas de bagaje nos permitirían demostrar en el campo el valor de las tropas regulares árabes en cuyo entrenamiento y organización habían trabajado durante meses Joyce, Yaafar y tantos oficiales árabes e ingleses. Organizamos planes y horarios aproximados; luego volví zarpar afanosamente hacia Egipto.