nosotros. Su primera intención fue retener mis servicios; y, dado que era evidente que no me necesitaba, interpreté esto —no sin contar con algunos indicios amistosos— como una treta para mantenerme alejado del asunto árabe. Decidí que tenía que escapar de inmediato, si es que alguna vez iba a hacerlo. Una solicitud directa fue denegada; así que recurrí a las estratagemas. Me volví, por teléfono (el Cuartel General estaba en Ismailia y yo en El Cairo), del todo intolerable para el Estado Mayor del Canal. Aproveché cada oportunidad para restregarles su relativa ignorancia e ineficiencia en el departamento de inteligencia (¡lo cual no era difícil!) y los irrité aún más con aires de suficiencia literaria, corrigiendo los infinitivos partidos al estilo de Shaw y las tautologías de sus informes.
En pocos días estaban irritados conmigo y al fin decidieron aguantarme más. Aproveché esta oportunidad estratégica para pedir diez días de permiso, diciendo que Storrs iba a Yida por asuntos de negocios con el Gran Xerife, y que a mí me gustaría tomarme unas vacaciones y dar un paseo por el mar Rojo con él.
No querían a Storrs y se alegraban de librarse de mí por el momento. Así que accedieron de inmediato y comenzaron a preparar para mi regreso algún apartado puesto oficial. Huelga decir que no tenía la intención de darles tal oportunidad, pues, aunque muy dispuesto a alquilar mi cuerpo para un servicio menor, dudaba en desperdiciar frívolamente mi mente.
Así que fui a ver a Clayton y le confesé mis asuntos; y él hizo los arreglos para que la Residencia solicitara por telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores mi traslado a la Oficina Árabe. El Ministerio de Asuntos Exteriores trataría directamente con el Ministerio de la Guerra; y el mando de Egipto no sabría nada hasta que todo hubiera terminado.
Storrs y yo nos marchamos entonces juntos, felices. En Oriente juraban que cruzar una plaza bordeando tres de sus lados era la manera decente; y