Mi consejo, expresado con no poca angustia mental, fue confiar en la más reciente de las contradicciones. Esta respuesta insincera me elevó, en el espacio de seis meses, al rango de timador mayor. En el Hiyaz los jerifes lo eran todo, y yo había calmado mi conciencia diciéndole a Feisal cuán hueca era su base. En Siria Inglaterra era poderosa y el jerife muy insignificante. Así me convertí en el principal.
En venganza, juré hacer de la Revuelta Árabe el motor de su propio éxito, además de sirvienta de nuestra campaña egipcia; y juré conducirla con tal frenesí hacia la victoria final que la conveniencia aconsejara a las Potencias un arreglo justo para las reclamaciones morales de los árabes. Esto presuponía que yo sobreviviría a la guerra, para ganar después la batalla de la Sala del Consejo: presupuestos inmodestos, que aún se equilibran en su cumplimiento. Sin embargo, el resultado del engaño venía a ser lo de menos.
Evidentemente, no tenía la menor autorización para comprometer a los árabes en una apuesta de vida o muerte. Inevitable y justamente cosecharíamos amargura, un triste fruto de un esfuerzo heroico.
Así que, por resentimiento ante mi falsa posición (¿acaso algún segundo teniente mintió jamás en el extranjero en beneficio de sus superiores?), emprendí este largo y peligroso viaje, en el que debía ver a los más importantes de los amigos secretos de Feisal y estudiar las posiciones clave de nuestras futuras campañas; pero los resultados fueron desproporcionados con los riesgos, y el acto, artísticamente injustificable, al igual que el motivo.
Me había susurrado a mí mismo: «Que me la juegue ahora, antes de que empecemos», viendo con certeza que esta era la última oportunidad y que, tras la exitosa toma de Áqaba, no volvería a poseerme a mí mismo con libertad, sin asociaciones, en la seguridad que acecha a los oscuros bajo su sombra protectora.