El cuenco estaba ahora rebosante, rodeado por el borde de arroz blanco en un terraplén de un pie de ancho y seis pulgadas de profundidad, atiborrado de piernas y costillas de carnero hasta desbordarse. Se necesitaron dos o tres víctimas para formar en el centro una pirámide aliñada de carne, tal como dictaba el honor.
Las piezas centrales eran las cabezas cocidas y vueltas hacia arriba, apoyadas sobre sus muñones de cuello seccionados, de modo que las orejas, marrones como hojas viejas, colgaban sobre la superficie del arroz. Las mandíbulas se abrían vacías hacia el cielo, forzadas para mostrar la garganta hueca con la lengua, aún rosada, adherida a los dientes inferiores; y los largos incisivos coronaban blancamente el montón, muy prominentes por encima de los pelos erectos de las fosas nasales y de los labios que se Retraían en una mueca negruzca frente a ellos.
Esta carga fue depositada sobre el suelo del espacio despejado entre nosotros, donde despedía un denso vapor, mientras una procesión de ayudantes menores acarreaba pequeños calderos y cubas de cobre en los que se había realizado la cocción.
De ellos, con cuencos de hierro enlozado muy magullados, sirvieron a cucharadas sobre el plato principal todo el interior y el exterior de la oveja; trocitos de intestinos amarillos, la blanca almohadilla de grasa de la cola, músculos marrones, carne y piel cerdosa, todo nadando en la mantequilla líquida y en la grasa del hervor.
Los espectadores miraban con ansiedad, murmurando su satisfacción cada vez que caía con un chapoteo un trozo muy jugoso.
La grasa estaba hirviendo. De vez en cuando, un hombre dejaba caer su cucharón con una exclamación y se metía los dedos quemados en la boca, sin vacilar, para enfriarlos; pero perseveraban hasta que por fin el raspar de sus cucharones resonaba con fuerza en el fondo de las ollas y, con un gesto de triunfo, pescaban los hígados intactos de su escondite en la salsa y coronaban con ellos las fauces abiertas.