Me había metido entre los primeros de ellos y estaba disparando, con una pistola por supuesto, pues solo un experto habría podido usar un rifle desde unasbestias que se precipitaban de tal modo; cuando de repente mi camello tropezó y se vino abajo flácidamente de bruces, como fulminado por un hachazo.
Me arrastraron por completo fuera de la silla, volé majestuosamente por los airea a una gran distancia y aterricé con un estrépito que pareció arrancarme toda la fuerza y la sensibilidad.
Me quedé allí tendido, esperando pasivamente a que los turcos me mataran, mientras seguía tarareando los versos de un poema medio olvidado, cuyo ritmo algo —tal vez la zancada prolongada del camello— me había devuelto a la memoria mientras descendíamos a saltos por la ladera:
Pues, Señor, libre era de todas tus flores, mas elegí las tristes rosas del mundo, y es por eso que mis pies están desgarrados y mis ojos cegados por el sudor.
Mientras otra parte de mi mente pensaba en el aspecto aplastado que tendría cuando toda aquella catarata de hombres y camellos se hubiera precipitado encima.
Después de mucho tiempo terminé mi poema, y no vinieron turcos, y ningún camello me pisoteó: parecía que me hubieran quitado un velo de los oídos: había un gran ruido enfrente.
Me incorporé y vi que la batalla había terminado, y a los nuestros reuniéndose y derribando a los últimos restos del enemigo. El cuerpo de mi camello había yacido detrás de mí como una roca y dividido la carga en dos corrientes: y en la parte posterior de su cráneo estaba la pesada bala del quinto disparo que hice.