Dejamos dos partidas en las inmediaciones para dañar la línea al día siguiente y al otro, mientras cabalgábamos hacia el campamento de Abdulá el primero de abril. Shakir, espléndido en su atuendo, celebró una gran parada a nuestra entrada y mandó disparar miles de tiros de salba en honor a su victoria parcial. El campamento, de espíritu relajado, era un carnaval.
Por la tarde fui a deambular por el espinar detrás de las tiendas, hasta que comencé a ver a través de las espesas ramas una luz salvaje, procedente de ráfagas de llama viva; y a través de la llama y el humo llegó el ritmo de los tambores, en sintonía con las palmadas y el profundo rugido de un coro tribal.
Me acerqué sigilosamente y vi un fuego inmenso, rodeado por cientos de ataibas sentados en el suelo, unos junto a otros, contemplando fijamente a Shakir, quien, erguido y solo en medio de ellos, interpretaba la danza de su canción.
Se había quitado la capa y solo llevaba su velo de cabeza blanco y sus túnicas blancas: la potente luz del fuego se reflejaba en estos y en su rostro pálido y demacrado. Mientras cantaba, echaba la cabeza hacia atrás y, al final de cada frase, alzaba las manos para dejar que las anchas mangas se deslizaran hacia sus hombros, mientras agitaba sus brazos desnudos de manera fantasmal.
La tribu a su alrededor marcaba el tiempo con las manos o entonaba los estribillos a su señal. La arboleda donde yo estaba, fuera del círculo de luz, abarrotaba a árabes de tribus extrañas que cuchicheaban y observaban a los atban.