Feisal le dijo a Abd el Kader que cabalgara con Ali y conmigo, y me dijo: «Sé que está loco. Creo que es honrado. Cuiden sus cabezas y úsenlo».
Continuamos, demostrándole nuestra absoluta confianza, bajo el principio de que un sinvergüenza no creería en nuestra honradez, y que un hombre honrado se convierte en un sinvergüenza con la mayor rapidez mediante la sospecha.
De hecho, era un fanático islámico, medio enloquecido por el fervor religioso y con una fe violentísima en sí mismo. Su sensibilidad musulmana se sentía ultrajada por mi cristianismo nada disimulado. Su orgullo estaba herido por nuestra compañía; pues las tribus saludaban a Ali como a alguien superior, y me trataban a mí mejor que a él.
Su estupidez de cabeza cuadrada hizo que Ali perdiera el autocontrol dos o tres veces en escenas penosas; mientras que su último esfuerzo fue dejarnos en la estacada en un momento desesperado, después de entorpecer nuestra marcha y perturbar nuestros ánimos y nuestros planes tanto como pudo.