de su poder y se volvió opresivo; así que fue su última marcha conmigo. Tomé a Kreim para los camellos; y a Rahail, el muchacho de Haurán, vigoroso y engreído, para quien el exceso de trabajo era la gracia que lo mantenía continente. Matar, un tipo parásito de los Beni Hasan, se nos unió. Sus gordas posaderas de campesino llenaban su silla de camellero y ocupaban casi tanto espacio en los chistes obscenos o lúgubres que, en la marcha, ayudaban a pasar el tiempo libre de mis guardias. Podríamos entrar en territorio de los Beni Hasan, donde tenía cierta influencia. Su codicia descarada nos aseguraba su lealtad, hasta que sus expectativas fallaran.
Mi servicio era ahora lucrativo, pues conocía mi valor para el movimiento y gastaba sin reservas para mantenerme a salvo. Los rumores, por una vez con ánimos de ayudar, cubrieron de oro mi mano abierta. Farraj y Daud, junto con Khidr y Mijbil, dos biasha, completaban el grupo.
Farraj y Daud eran capaces y alegres en el camino, que amaban como lo amaban todos los ágiles Ageyl; pero en el campamento su exceso de espíritu los metía continuamente en líos entrañables.
Esta vez se superaron al desaparecer en la mañana de nuestra partida. Al mediodía llegó un recado del jeque Yusuf diciendo que estaban en su prisión y que, ¿podría hablar con él al respecto?
Fui a la casa y lo encontré con la mole temblando entre la risa y la rabia. Acababa de comprar una camella de montar de color crema y de la más pura sangre. El animal se había extraviado por la tarde hacia el jardín de palmeras donde acampaban mis Ageyl. Nunca sospecharon que perteneciera al Gobernador, sino que trabajaron hasta el amanecer tiñéndole la cabeza de rojo brillante con alheña y las patas de azul con añil, antes de soltarla.