demandas físicas, ya que en la mayoría de los hombres el alma envejecía mucho antes que el cuerpo. La humanidad no había ganado nada con sus esclavos.
No podía haber honor en un éxito seguro, pero mucho se podía arrancar a una derrota segura. La Omnipotencia y el Infinito eran nuestros dos más dignos contendientes, en verdad los únicos con los que un hombre entero podía medirse, siendo ambos monstruos creados por su propio espíritu; y los enemigos más recios siempre eran los de casa.
Al combatir a la Omnipotencia, el honor consistía en desechar con orgullo los pobres recursos que teníamos y desafiarle con las manos vacías; en ser vencidos, no solo por una mayor inteligencia, sino por su ventaja de contar con mejores herramientas.
Para los clarividentes, el fracaso era la única meta. Debíamos creer, hasta lo más hondo, que no había otra victoria que descender a la muerte luchando y clamando por el fracaso mismo, invocando en un exceso de desesperación a la Omnipotencia para que golpeara con más fuerza, a fin de que, por medio de su propio golpe, templara nuestros seres torturados hasta convertirlos en el arma de su propia ruina.
Este fue un discurso entrecortado y semicoherente, forjado desesperadamente, momento a momento, en nuestra extrema necesidad, sobre el yunque de aquellas mentes pálidas alrededor del fuego moribundo; y apenas retuve su sentido después; pues por vez primera mi memoria creadora de imágenes olvidó su oficio y solo sintió la lenta humillación de los serahin, el silencio nocturno en el que su mundanalidad se desvanecía y, por último, su deseo febril de cabalgar con nosotros sin importar el destino. Antes del amanecer llamamos al viejo Abd el Kader y, llevándolo Aparte entre los matorrales arenosos, le gritamos a su oído sordo que los serahin partirían con nosotros, bajo sus auspicios, hacia Wadi Khalid, después de la salida del sol.