su fuerza ni su debilidad, sino su material más accesible. En la voladura de vías férreas sería por lo general un tramo vacío de rieles; y cuanto más vacío, mayor el éxito táctico. Podríamos convertir nuestro promedio en una regla (no en una ley, dado que la guerra era antinómica) y desarrollar el hábito de no trabar combate nunca con el enemigo. Esto encajaría con el argumento numérico de no ofrecer jamás un blanco. Muchos turcos en nuestro frente no tuvieron oportunidad en toda la guerra de dispararnos, y nosotros nunca estuvimos a la defensiva salvo por accidente y por error.
El corolario de tal regla era una «inteligencia» perfecta, de modo que pudiéramos planificar con certeza. El agente principal debía ser la cabeza del general, y su entendimiento debía ser infalible, sin dejar margen para el azar.
- La moral, si se basaba en el conocimiento, quedaba quebrantada por la ignorancia.
- Cuando lo supiéramos todo sobre el enemigo, estaríamos tranquilos.
- Debíamos esforzarnos en el servicio de información más que cualquier estado mayor regular.