su tono adulador: «Señores, por favor aparten a su criado, pues no sabe ni tirar ni montar, y si acierta a alguien echará a perder nuestra buena suerte de hoy». Mifleh no conocía el precedente familiar que motivaba su nerviosismo. El hermano de Abd el Kader ostentaba lo que bien podría ser un récord mundial de tres accidentes mortales consecutivos con pistolas automáticas en el círculo de sus amigos de Damasco. Alí Riza Pachá, el máximo gladiador local, había dicho: «Tres cosas son notablemente imposibles: * Una, que Turquía gane esta guerra; * otra, que el Mediterráneo se convierta en champán; * otra, que me encuentren en el mismo lugar que a Mohammed Said
Descargamos junto a las ruinas. Más allá, las tiendas negras de los beni sakhr parecían un rebaño de cabras salpicando el valle. Un mensajero nos convocó a la tienda de Mifleh. Primero, sin embargo, Alí tenía una averiguación que hacer. A petición de los beni sakhr, Faisal había enviado un grupo de albañiles y poceros de Bisha para revestir de nuevo el pozo dinamitado del que Násir y yo habíamos extraído la gomita en nuestro camino a Ácaba. Llevaban meses en Bair y, sin embargo, informaban de que el trabajo no estaba ni mucho menos terminado. Faisal nos había delegado para investigar los motivos de tan costoso retraso. Alí descubrió que los hombres de Bisha habían estado viviendo a cuerpo de rey y obligando a los árabes a proporcionarles carne y harina. Se lo reprochó. Ellos tergiversaron, en vano, pues los jerifes poseían un instinto judicial bien entrenado, y Mifleh estaba preparando una gran cena para nosotros. Mis hombres susurraban emocionados que se había visto morir ovejas detrás de su tienda, en lo alto del montecillo sobre las tumbas.