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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LIV

parecía degradante, casi una impiedad hacia dos seres radiantes, sobre los cuales la sombra del mundo aún no se había cernido⁠—los más valientes, los más envidiables que conocía.

Tuvimos un tercer intento de comunicarnos con los turcos, por medio de un pequeño recluta, que dijo que sabía cómo hacerlo. Se desvistió y bajó por el valle con poco más que las botas. Una hora más tarde nos trajo orgulloso una respuesta, muy cortés, que decía que en dos días, si no llegaba ayuda desde Maán, se rendirían.

Semejante locura (pues no podíamos retener a nuestros hombres indefinidamente) podría haber significado la masacre de todos los turcos. Yo no sentía gran simpatía por ellos, pero era mejor que no los mataran, aunque solo fuera para ahorrarnos el dolor de presenciarlo. Además, podríamos haber sufrido bajas. Las operaciones nocturnas bajo una luna resplandeciente habrían estado tan expuestas casi como a la luz del día. Y esta tampoco era, como Aba el Lissan, una batalla imperativa.

Le dimos a nuestro hombrecito una moneda de libra como anticipo de su recompensa, caminamos con él muy cerca de las trincheras y mandamos a llamar a un oficial para que hablara con nosotros.

Tras algunas vacilaciones se logró, y les explicamos la situación en el camino a nuestras espaldas; nuestras crecientes fuerzas; y nuestro escaso control sobre sus ánimos.

El resultado fue que prometieron rendirse al amanecer. Así que volvimos a dormir (un acontecimiento lo suficientemente raro como para consignarlo) a pesar de nuestra sed.

Al día siguiente, al alba, estallaron los combates por todas partes, pues cientos de montañeses más, que volvían a duplicar nuestro número, habían llegado por la noche y, al desconocer el acuerdo, empezaron a disparar contra los turcos, que se defendieron.

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