Antes de llegar del todo a la orilla opuesta, el terreno se despejó de repente en un fondo de arcilla, en el que se alistaba una charca de agua de un castaño profundo, de ochenta yardas de largo y unas quince de ancho. Esta era el agua de crecida de Abu Zereibat, nuestra meta. Avanzamos unas pocas yardas más, a través del último matorral, y llegamos a la abierta orilla norte donde Faisal había fijado el campamento. Era una inmensa llanura de arena y sílices, que llegaba hasta los mismos pies de Raal, con espacio en ella para todos los ejércitos de Arabia. Así que detuvimos nuestros camellos, y los esclavos los descargaron y levantaron las tiendas; mientras nosotros caminábamos de regreso para ver a las mulas, sedientas tras su larga jornada de marcha, precipitarse con los infantes en la charca, pateando y chapoteando de placer en el agua dulce. La abundancia de leña fue una dicha añadida, y en el lugar que eligieron para acampar, cada grupo de amigos hizo una hoguera rugiente —muy bienvenida, pues una húmeda bruma vespertina se levantaba ocho pies del suelo y nuestros mantos de lana se ponían rígidos y se enfriaban con sus cuentas plateadas en su basta trama.
Era una noche negra, sin luna, pero muy brillante de estrellas por encima de la niebla. En un pequeño montículo cerca de nuestras tiendas nos reunimos y contemplamos los ondulantes mares blancos de niebla. De ellos emergían picos de tiendas y altos chapiteles de humo difuso, que se iluminaban por debajo cuando las llamas trepaban más alto hacia el aire puro, como impulsadas por los ruidos del ejército invisible. El viejo Auda ibn Zuweid me corrigió con gravedad cuando le dije esto, diciéndome: «No es un ejército, es un mundo el que marcha sobre Wejh».